Las experiencias en el mundo y el proyecto argentino, pionero en Latinoamérica

Un anuncio reciente puso el foco un tema que no estaba instalado en la agenda pública, pero que sin embargo ocupa un horizonte de preocupación muy transversal. Se trata del plan de viviendas colaborativas para adultos mayores que llevarán adelante el Pami y el Ministerio de Hábitat, el programa Casa Propia – Casa Activa. Lo muy novedoso de esta política pública (tanto, que se presenta como pionera en Latinoamérica) es que no solo responde al problema de acceso a la vivienda, en este caso para los mayores de 60 (hay más de 800 mil que son inquilinos en esta franja etaria en el país). Encara, sobre todo, un nuevo concepto de vejez activa y desarrollo en comunidad. El cohousing criollo da respuesta a una necesidad totalmente descubierta en la actualidad, cuando las residencias y geriátricos están preparados exclusivamente para adultos mayores con altos grados de dependencia, y no para gente que entra en otra etapa de la vida, pero que no perdió mayor autonomía y sigue realizando actividades. Lo emprende, también novedosamente, el Estado.

El proyecto

El plan prevé la construcción en diferentes municipios de cien complejos de vivienda, con monoambientes y departamentos para dos personas, que serán propiedad de municipios y provincias y se adjudicarán novedosamente en comodato a adultos mayores que no tengan vivienda propia. Lo diferencial también serán los espacios comunes: biblioteca, jardín, lugar de parrillas, gimnasio, pileta. Cada uno alojará, además, un centro de día del Pami, que atenderá a toda la comunidad del lugar y multiplicará estos espacios de la obra social: de 40 que tiene actualmente, pasará a tener cien más.

A la solución habitacional se suma aquí esa “estética de la existencia” que Ricardo Iacub, profesor titular de Psicología de la Vejez en la UBA, plantea citando a Foucault: “Puede haber un sueño bello en esta vivienda colaborativa, el de una opción de vida colectiva para la última etapa de tu vida. Un lugar donde puedas arbitrar tu vida entre lo propio y lo de todos, sin tener que caer en una inclusión totalizante como la de un geriátrico. Cerrar la puerta y quedarte en su casa, o abrirla y sumarte a otro espacio, es decisión de cada uno”.

El cambio de perspectiva hoy se impone por su propio peso: Se calcula que para 2050 el mundo tendrá el 22 por ciento de su población mayor de 60 años, el doble de lo que tenía en 2000. La experiencia de la pandemia y el modo en que se transitaron las soledades resignifica estas cifras.

En el mundo

La idea de cohousing surgió en Dinamarca y Holanda en los 70, en un principio como proyectos de parejas jóvenes que se asociaban en la construcción de condominios con áreas de juegos y espacios comunes que favorecieran la “crianza en tribu”. Ya como senior cohousing, ligada a la tercera edad, se extendió en Europa (España y Suecia en especial), en emprendimientos públicos o inciativas privadas entre conocidos, en su mayoría en pueblos pequeños o suburbios de grandes ciudades. En Estados Unidos llegaron a alcanzar grandes dimensiones. El caso extremo, puntualiza Iacub, es el de Sun City, una ciudad entera pensada para los viejos cerca de Las Vegas. “Dar algo más que una casa y una silla para esperar el momento de la muerte” fue la premisa de Del Webb, el consorcio fundador.

A los ojos del mundo latino y su idiosincracia estos proyectos fueron criticados, se los acusó de generar guetos. Pesaba la idea de no sacar a las personas de sus comunidades, del lugar donde vivieron siempre. Pero si la única opción termina siendo la residencia geriátrica, o una mudanza inconsulta con los hijos, o quedarse en casas que ya no se pueden mantener y se vienen abajo, termina siendo más limitante”, analiza el psicólogo.

En la Argentina

En la Argentina hay poco cohousing, algunos proyectos han surgido desde la comunidad judía, como la Asociación Mutual Vidalinda, un edificio de quince pisos con grandes espacios comunes en el barrio de Belgrano que siempre tiene listas de espera. Otro modelo es el de residencias de larga estadía que suman departamentos aparte, como LeDor VaDor o We Care, en Congreso. Aunque con algunos diferenciales, se engloban en general en la idea de “geriátricos de lujo”, con estadías que rondan los 400 mil pesos por mes.

Desde el Estado hay escasas experiencias de viviendas compartidas y tuteladas, en municipios como Tapalqué, en Buenos Aires, y Comodoro Rivadavia, en Chubut, enfocados en generar redes antes que dependencias. Y en algunas provincias, por una legislación del Fonavi que establece un cupo mínimo de viviendas para personas mayores, hay departamentos de esas construcciones reservados para uso compartido.

Y luego están los emprendimientos de grupos de cercanía, en lugares de San Luis, Córdoba, Misiones, guiados por una idea de comunidad. Pero en todos los casos, al no tener un modelo institucional que los sostenga, no se replican en serie.

Lo que aún falta

El modelo más conocido para la tercera edad ese el de la residencia, mal llamada geriátrico, que agrupa personas sin distinción. Termina dando un servicio totalizador a gente que lo necesita porque tiene altos niveles de dependencia, y otra que no lo necesita”, advierte Iacub. “Hay investigaciones que muestran que cuando las personas mayores entran en una residencia sin que lo requieran, pierden recursos cognitivos, porque empiezan a funcionar al ritmo de la institución. Se reducen deseos, intereses y manejos autónomos”, observa el doctor en psicología, también subgerente de Desarrollo y Cuidado Psicosocial de Pami.

Si hoy en la Argentina un adlto o adulta mayor con independencia o niveles leves de dependencia, o que tal vez tiene una realidad familiar que cambió y necesita cubrir cierta red social de apoyo, quiere ir a vivir a algún tipo de residencia que responda a su necesidad, es altamente probable que no la encuentre. Salvo contadísimas excepciones, no hay proyectos centrados en combatir la soledad, favorecer las redes y relaciones entre pares.

Mónica Roqué, secretaria de Derechos Humanos, Gerontología Comunitaria, Género y Políticas de Cuidado de Pami, y una de las impulsoras del proyecto de viviendas colaborativas, cita estudios que muestran cómo el aislamiento multiplica por cinco el riesgo de enfermedades cardiovasculares, aumenta casi un 30 por ciento los fallecimientos por depresión, hipertensión, obesidad depresion. “Generar redes, vínculos solidarios, participación social, es siempre muy importante, y en esta etapa de la vida, también”, dice.

Roqué subraya el concepto de vejez activa como una etapa de la vida que signifique un inicio y una oportunidad para encarar nuevos proyectos. “Los viejos son el presente y el futuro de un paísHoy al cumplir 60 años, tenemos un promedio de 23 años de vida por delante, es una de las etapas más largas de la vida“, advierte.

Viejenials

Embalada con “La revolución de las viejas”, la diputada Gabriela Cerruti está trabajando en diferentes proyectos que tienden a “agrupar”, entre otros uno en la provincia de Buenos Aires destinado a viejas que estén dispuestas a organizarse para comprar un terreno y construir viviendas para compartir con pares. O el que apunta a las que tienen casas grandes y quieren compartirlas. Además de la inauguración de un bar en agosto pensado para esta edad vital –Quirón, en Palermo–, Cerruti anuncia el desarrollo de una aplicación que va en el mismo sentido: hacer redes con pares para compartir cosas, desde un lugar para vivir hasta una salida al cine.

“Es muy fuerte en mi generación la idea de que no queremos ser ni una carga para nuestros hijes, y tampoco ‘terminar en un geriátrico’, que son carísimos e implican una pérdida de autonomía y libertad. Porque si no tenés la llave de la puerta, estás encerrado”, describe. “Con el tema de la vejez ocurre como con la salud mental: pareciera que la única opción posible es la del manicomio. Y no, hay un montón de instancias en el medio”, concluye.

En pantalla

El cine mostró de diversas maneras el tema de los viejos y viejas y los tipos de lugares que los albergan en el mundo. Un clásico ochentoso que instaló un clishé muy a la americana fue Cocoon; aquellos “viejos encantadores” que terminaban teniendo una experiencia extraterrestre vivían en una residencia alejada de sus familias de origen, muy diferente al modelo de geriátrico.

En la comedia francesa ¿Y si vivimos todos juntos? (2011), de Stepháne Robelin, cinco amigos setentones progres se plantean esa pregunta, cuando ante situaciones como un infarto o un diagnóstico de Alzheimer la solución de manual de los hijos es mandarlos a una residencia de cuidados clásica. “Planeamos todo en la vida, pero nunca nos ocupamos de pensar cómo nos gustaría pasar nuestros últimos años”, dice el personaje de Jane Fonda, una de las “estrellas mayores” del reparto estelar.

La familia Savage muestra un nivel de particularización que hay en las residencias de Estados Unidos desconocido por estas latitudes: un adulto mayor vive en una para gente sin dependencia pero empieza a tener problemas cognitivos; sus hijos atraviesan todo un periplo hasta que encuentran otra que responde a esa necesidad. En la serie Grace and Frankie (ya va por su sexta temporada en Netflix, también con una fantástica Jane Fonda) dos amigas se van a vivir juntas a una casa de playa cuando sus esposos les comunican que se enamoraron entre ellos. Y la muy premiada Nomadland también cruza el tema de la (falta de) vivienda, las soledades no elegidas y las comunidades que surgen en determinado momento de la vida.

Por Karina Michelett https://www.pagina12.com.ar/355532-cohousing-criollo-viviendas-colaborativas-para-viejenials